Le Corbusier (1887-1965), uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX, decía que la arquitectura tiene que conmover, pero también tiene que “servir”. Sin embargo el concepto de utilidad es relativo y abarca un sentido muy amplio. La arquitectura es útil cuando nos protege de la intemperie o cuando satisface un determinado programa funcional, pero también lo es cuando por ejemplo una catedral se concibió para ofrecer culto a Dios y reunir a sus fieles.
Vivimos unos tiempos en los que cabe reflexionar de todo lo que excede de la pura necesidad, y plantearse cómo hacer posible una existencia rica sin excesos. Cuando la arquitectura ha excedido la necesidad siempre se ha creído en la utilidad de su esfuerzo, y solamente el tiempo revela la desproporción de las incoherencias cometidas. Innumerables edificios permanecen ociosos y abandonados, pero todos ellos fueron construidos con la convicción de su indispensabilidad. No obstante, cuando los motivos que daban sentido a la construcción de estos edificios desaparecieron muchos de ellos no fueron capaces de flexibilizarse y adaptarse a nuevos usos y funciones, siendo muchos los ejemplos de arquitecturas que no tienen una función de cobijo o de resolver usos vinculados a la vida y necesidad humana, sino a formas de utilización de la arquitectura con un carácter vanidoso.
El funcionalismo es la teoría que considera que el fin de la arquitectura es su utilidad. La función utilitaria se cumple cuando una edificación se ajusta a las necesidades para las cuales fue construida. Además de la función utilitaria existen otros tipos de funciones como por ejemplo la función simbólica, pero en algunas construcciones el edificio carece de cualquier función y por lo tanto pasa a ser un monumento.
La construcción de un edificio público de nueva planta, como por ejemplo la nueva Biblioteca Pare Arques de Cocentaina, ha ignorado el potencial de edificios con un inmenso valor arquitectónico como el Palau Comtal de Cocentaina, cuyas funciones para las que fué construido han quedado obsoletas en la actualidad, y tienen que adaptarse a nuevas funciones y estados temporales. Las funciones que resolvían edificios existentes y que posteriormente solventan nuevos edificios conlleva a que los primeros pierdan su funcionalidad. Si una de las esencias de la arquitectura es la de proyectar edificios que satisfagan determinadas exigencias funcionales, esta situación conlleva a lo contrario, al intentar plantear determinadas funciones, aunque no sean del todo necesarias, para que edificios ya existentes no sean disfuncionales y se conviertan en meros monumentos. Las recientes experiencias vividas, y el momento socio-económico actual que atravesamos invitan a reflexionar en relación a todo ello.
El Palau Comtal de Cocentaina tiene esa capacidad innata, que costosas y extravagantes construcciones contemporáneas no han conseguido adquirir, de sensibilizar y transmitir a sus usuarios y observadores una riqueza emocional que traspasa la masividad de sus muros. Estamos ante una gran oportunidad de concienciarnos del incalculable interés que supone tener un edificio de este valor articulando las calles de nuestra tan apreciada villa. No podemos obviar su enorme potencial y la capacidad de todos los espacios que lo componen para adaptarse a nuevas necesidades y resolver nuevos usos generados por la evolución vital humana. Y nunca dejemos de recordar que los errores y fracasos del pasado son la verdadera oportunidad para empezar de nuevo con mucha más inteligencia.
PLATAFORMA CONTESTANA.
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